Todo son ráfagas y nada se distingue.
El crujir de mis huesos a coro y a presión, y cada clic al arrancarme el pelo.
Poco más me identifica.
Los dedos sangran otra vez pero no hay golpes, solo mis dientes histéricos.
Si no sigo me desvanezco. Pero existo, eso me temo.
Algo que me asegure.
O que me sustituya.
Me, me, me. La destrucción y el narcisismo.
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