A veces intento recordar. Cómo eran las cosas antes, cómo eran los días, cuando aún no había hilos de nostalgia en cada objeto ni ratos que por fuerza había que olvidar. A veces me siento y me busco, me busco en el pasado, porque esto que soy ahora me es curiosamente ajeno y me siento un extranjero sin rostro que vagara por un cuerpo cualquiera. Otras veces me pongo a mirar fotos de hace años a la espera de encontrar alguna clave, algo que me diga en qué momento dejé de saberme yo misma y por qué. Las fotos son algo a lo que sólo recurro cuando me siento muy perdida. Comprobar que el tiempo no hace justicia, que todo aquello que quisimos retener tarde o temprano perderá su fuerza -porque todo pierde su fuerza, o se olvida, o se deforma- me enfada y me llena de tristeza. Y las fotografías tienen ese poder de mostrarnos, cual máquina del tiempo, todo aquello que creíamos perdido, todo aquello que ya no recordábamos.
Yo no me recuerdo.
Es como si se hubiesen descosido los márgenes que unen el cuerpo con lo que va por dentro, los deseos, las debilidades, la persona; y por un hueco muy fino estos hubiesen echado a correr. Ahora soy como un molde vacío, con masa pero sin vida, sin latidos, sin impulsos. A la deriva.
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